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viernes, 8 de octubre de 2021

La Aparición de la Virgen de los Reyes al Rey San Fernando



Cuenta la leyenda que el rey Fernando III tuvo una visión de la Virgen el día

anterior a la toma de Sevilla. En la aparición, el rey vio a la Virgen sentada con su hijo en brazos y le dijo: «Fernando, por tu gran piedad, yo te prometo que habrás de conquistar Sevilla».

Cuando el rey San Fernando era pequeño, padecía una grave enfermedad a la que se le daba poca solución. Su madre, de nombre Berenguela, llevó a su hijo al Monasterio de Oña en Burgos. Allí, le realizó una novena a la Santísima Virgen, lo que hizo tener una milagrosa recuperación al Santo.

Desde entonces nació una leyenda, el rey pidió en Sevilla elaborar una talla de la Virgen. La encargó a varios escultores pero todas ellas fueron rechazadas. Algunas siguen estando en la ciudad, recibiendo culto en templos.

Al no encontrar la adecuada, un día aparecieron dos mancebos, ambos decían estar cualificados para tallar la virgen deseada por San Fernando. Les dio las herramientas necesarias, los materiales y cobijo en la llamada torre de los Herberos.

El rey envió a unos familiares a comprobar el estado de la imagen. Al comprobarlo, hicieron que San Fernando fuera a visitarla, quedó tan prendado que preguntó quiénes eran sus artífices, supo que eran dos ángeles del cielo.

Seguidamente, ordenó su traslado hasta una tienda de Tablada, la que después se convirtió en la ermita de San Sebastián.

Otra de las teorías de su creación apunta a la realización de escultores germanos, mandado hacerla por el rey castellano y enviando al emperador Federico II para ser llevada a un lugar privilegiado del campamento real de Sevilla.

También se piensa que es un regalo de Luis IX de Francia a San Fernando y otros autores indican que los que acompañan al rey se encontraron reproducciones fernandinas como la de las Aguas del Salvador, los Sastres o la de San Clemente.

domingo, 26 de septiembre de 2021

La Virgen del Sagrario de la Catedral de Cuenca

La talla tenía una altura de casi tres cuartas y cubierta de chapería de plata; su
disposición sedente (sentada en una silla) y en las espaldas de la misma silla había dos hebillas, que prendían unos catones labrados. Estas eran las principales armas que traía en el argón aquel religioso Rey, no queriendo encomendarlas a otro tercero que las llevase, ni reparando en el embarco e incomodidad, ni en retardar el movimiento del caballo en el que iba, porque tenía librada en la Virgen toda su esperanza.


Con esta imagen entró triunfante en la ciudad de Cuenca y lo primero que hizo fue colocarla en el sitio que hoy ocupa en la Santa Iglesia Catedral. Levantando un altar para que recibiese de todos, sin dilación, la debida reverencia y culto. Encomendándole la protección y conservación de la Ciudad, pues por su patrocinio había alcanzado la posesión de ella, siendo proclamada Patrona de la Ciudad. Hoy Patrona de la Catedral.

La capilla donde se venera hoy en día la imagen, se fundó en 1629. El arquitecto fue Fray Alberto de la Madre de Dios, diseñando una capilla de cruz latina con cúpula con lucernario en el crucero, es de estilo herreriano, los mármoles que la adornan son de la Serranía de Cuenca y las pinturas al fresco de la bóveda (al día de hoy restauradas) son del conquense Andrés de Vargas (1613-1674).

Con relación a la imagen de la Virgen de las Batallas, para que pudiera ser venerada en el altar de la capilla se toma la determinación de transformarla. La talla es cortada por la mitad, creándose un armazón para vestirla. El maestro de obras, Gerónimo Saiz, se encargó de hacerle los brazos, tanto de la Virgen como del Niño Jesús. Juan de Villanueva se encargó de pintar el rostro de la Virgen y encarnar la del Niño. Andrés Díaz, como sastre se encargó de los vestidos con telas de oro de diversos colores, como en Cuenca no las había viajó a Madrid a por ellas. Juliana Zaragoza, camisera, le hizo tres camisas con bordados en las mangas al Niño y de dos vueltas de bordado para la Virgen.

De la talla original sólo queda el rostro y parte del tronco, pero sin embargo conserva todavía abundantes detalles reveladores, tanto de su antigüedad como de su primitiva riqueza ornamental.
El pecho lo tiene revestido, en su mayor parte, de un peto de plata, perfectamente adaptado hasta el cuello y que continua en parte por la cabeza, adornado con dos grecas o cenefas repujadas, una a cada lado, decorado con un emparrado con frutos.

Fuente: Chema Rodrgiguez, investigador e historiador.
Hermandad Sacramental de Nuestro Padre Jesús con la Caña
Catedral de Cuenca 

martes, 21 de septiembre de 2021

Historia de la Reconquista de Cuenca por Alfonso VIII, abuelo del Rey San Fernando


Eran tiempos difíciles entre reinos. Castilla, Francia, Inglaterra, Navarra, León, Aragón, Aquitania, todos y cada uno de ellos luchaban por mantener la hegemonía de poder, su territorialidad, su expansión y su identidad, legitimando su herencia, estableciendo alianzas matrimoniales y buscando el apoyo nobiliario o eclesiástico. Mientras, Al-Ándalus seguía manteniendo a raya su islamización y provocando, a su vez, enfrentamientos entre los enemigos.
Alfonso VIII decide atacar Cuenca, conquistarla y así poder saltar la línea del Tajo, hasta ahora inexpugnable por esos pactos y alianzas. Conseguirá el apoyo del rey aragonés Alfonso II y con ello, afrontará la decisión. Sabedor de las graves dificultades que arrastraría la toma de aquella plaza, Alfonso VIII reunió en la corte burgalesa a todos sus nobles y a los obispos de Palencia, Burgos, Calahorra y Toledo.

Eran sus más fieles asesores y ellos determinarían cuántos hombres podían disponer y dar tiempo a que los ingenieros reales preparasen todo tipo de planimetría y bocetos de diseño para las armas de asalto necesarias para su consecución.

Los preparativos militares y la concentración de sus huestes lo harían en pleno invierno, a finales del año 1176, para así poder asediar la ciudad a principios de año, una vez pasadas las nieves.

Cuenca estaba franqueada por una fuerte muralla y nueve puertas, de las que tres eran principales y estaban muy bien custodiadas. La defensa natural de sus ríos, con esas depresiones que le daban forma, la hacían mucho más difícil en provocar el sitio, máxime cuando era una ciudad bastante desconocida para los castellanos

Vivían unos 700 habitantes, de los cuales solamente 300 eran varones y disponían de armas para su custodia. Los defensores tenían colocadas más de veinte catapultas en los flancos hacia el río Júcar y en la parte del Alcázar para, con ello, controlar el ataque por los flancos del poniente. Además, contaban con dos grandes silos en el centro de la ciudad, uno de ellos en la misma parte del Alcázar, difícil de llegar a él por estar bien resguardado ya que esa parte era donde se encontraba la zona noble de control de la misma. Con esas reservas tenían sus habitantes para bastantes meses, pues al ser una población escasa podía abastecerse con mayor facilidad.

Alfonso VIII sabía que la ayuda que podía tener la guarnición de la ciudad de Cuenca iba a ser mínima, pues el grueso del ejército almohade, sobre todo el que podía acceder a los lugares de necesidad, se encontraba inmerso en una epidemia de cólera provocada por la llegada de barcos tunecinos infectados desde Sicilia, en la zona norte de África.


Habría también una importante ayuda cristiana que sería definitiva en aquellos momentos. La plaza de Uclés, donde se encontraba la capital de la Orden de Santiago, se había fortalecido gracias a la ayuda prestada por el rey Lobo antes de morir. Por otro lado, las órdenes militares de Alcántara y Calatrava, ya creadas, habían ido fortaleciendo su ejército de freires y podían servir de fuerte apoyo a cualquier acción a tomar.
Si a esto añadimos los caballeros del Temple que, desde su tierra de Aragón y Cataluña, estaban dispuestos a ayudar a su rey aragonés en su alianza con el castellano, las fuerzas empezaron a multiplicarse en poco tiempo.



El potente ejército en número y armas estableció su campamento en los llanos de la aldea de Jábaga, desde donde se divisaba fácilmente toda la ciudad de las Hoces. Mientras, un destacamento de cien hombres realizaba diariamente un recorrido por la parte del río Huécar, sobre todo para advertir a la guarnición musulmana que seguían estando allí para conseguir su propósito. Con ello, controlaban la posible salida de emisarios que pudieran marchar para pedir ayuda a las guarniciones andaluzas.1 El rey castellano convocó a todos los nobles que quisieran unirse al ejército para llevar a cabo tal hecho.

Durante el primer mes de asedio, las tropas cristianas con el rey Alfonso VIII a la cabeza, pusieron en marcha la fabricación de diferentes armas de asalto en función de los estudios que los ingenieros allí desplazados fueron analizando. Se estudió al detalle cada posible acceso, la parte oriental y la occidental. Tal vez, la parte que mira al Júcar pudiera ser más asequible en la zona baja, pero había que superar una albuhaira o albufera de gran cantidad de agua que les servía de fuerte defensa. Para ello, debían preparar dos balsas de transporte para salvar la empalizada de trinchera que bordeaba la misma. El único lugar franqueable era la unión de las aguas de los dos ríos, concretamente, en la desembocadura del Huécar en el Júcar, aunque allí había una fuerte guarnición musulmana.

Decidió Alfonso VIII colocar dos campamentos de asedio. Por un lado, en las tierras de Jábaga estableció el campamento real, donde se ubicaba su tienda y la de su aliado Alfonso II de Aragón. Desde el altozano en que se divisa toda la extensa panorámica, podían analizar la evolución de la ciudad sitiada sin que el peligro directo pudiera ser un inconveniente para establecer la estrategia de ataque.

Mandó el rey Alfonso a su escolta construir un pequeño altar en piedra, junto a la tienda donde guardaban los enseres religiosos, para colocar allí a la Virgen del Sagrario, imagen que portaba siempre consigo en todos y cada uno de sus viajes.


Era una imagen en talla de madera, pequeña, dedicada a Santa María, con una devoción profunda desde que llegó a Toledo traída por san Eugenio y que –según la tradición–, había pertenecido a los Apóstoles. Allí la recibió su bisabuelo Alfonso VI, el cual la había colocado como patrona de su trono real.
Esta imagen era una talla románica en madera, policromada en los talleres de Monfort de Lemos, dedicada a Santa María como advocación de todos los reyes cristianos en sus conquistas y repoblaciones. Tiene la imagen al Niño sentado en sus rodillas con una bola del universo con cruz en su mano izquierda; y tal era su devoción, que corría entre los devotos ese rumor penitencial de que «el día que al Niño Dios se le cayese la bola sobrevendrá la destrucción del mundo.» 2

El canciller Giraldo en su citada crónica, comenta minuciosamente la disposición de las tropas de Alfonso VIII en su cerco a la ciudad. Hace una perfecta descripción táctica:
"Las colocó en cuatro partes para bien distribuir a los sitiadores evitando así la salida de los moros;

Debajo de las cuesta de Conca, en un punto que pasa el Huécar, hicieron los moros un muelle y taparon de modo que el agua salía por encima del puente, obligando casi a su huída, apartándose e lugar seguro y pasaron mucho mal por donde iban las aguas, quedando pantanos y zanjas por las que no se podía pasar. el 12 de julio los moros hicieron una salida y consiguieron avituallarse a costa de grandes pérdidas, aunque luego ya fracasarían." 3
De una u otra manera, sin saber exactamente cómo y cuándo, la ciudad caía en las manos cristianas, la madrugada del 21 de aquel mes de septiembre (algunos cronistas hablan de unos días antes). Un griterío ensordecedor advirtió al rey y a su Corte de que el triunfo estaba a punto de conseguirse y que la ciudad de las Hoces, la que tanto y tanto había costado rendir, estaba a punto de ofrecer su vasallaje al rey de Castilla.

Así sucedía y así quedaba escrito. Una copia de un diploma regio lo advertía:
«Facta carta in Conca, quando fui capta.»

Cuenca era la primera conquista del rey Alfonso VIII cuando aún no había cumplido los veintidós años. Después de nueve meses de asedio se le entregó la plaza y con ella, «la fortaleza de Cuenca y sus torres se le sometieron. Sus roquedales se hicieron accesibles y su escabrosidad llanura. La consiguió tras muchos trabajos y la convirtió en ciudad regia.»

Alfonso VIII hizo de su nueva conquista la capital y plaza fuerte avanzada de la frontera castellana con el reino de Aragón y con las tierras almohades de Valencia; dotó a Cuenca de concejo y trató de darle todo lo necesario para el buen gobierno.

lunes, 13 de septiembre de 2021

La Virgen de la Sede y el Rey San Fernando

La imagen de la Virgen de la Sede es una de las joyas de la Catedral de Sevilla. Se encuentra en el centro del Retablo Mayor, más arriba del gran sagrario. Es una imagen de la Virgen que, según la tradición era especialmente venerada por San Fernando, que la tuvo en el campamento durante el asedio de Sevilla. Más tarde presidió la procesión triunfal de entrada en la capital después de la conquista, y presidió la iglesia que sustituyó a la mezquita que luego se convirtió en la Catedral.
Es una imagen de la Escuela de Reims (de 1’21 m. de altura) del siglo XIII, que está hecha de madera de ciprés, y recubierta de planchas de plata en su color. La Virgen está sentada y tiene al Niño sobre su pierna izquierda, a la vez que lo sostiene con su mano; en la mano derecha tiene una flor simbólica de plata.

La serenidad acogedora de los rostros de la Madre y del Hijo es impresionante. No es extraño que tanto San Fernando, como su hijo Alfonso X el Sabio, estuvieran prendados de esta imagen. Por eso le dieron un lugar preferente en sus primeros años en Sevilla, y pasó más tarde a presidir un lugar central en el gran retablo mayor de la Catedral.

En la expresión de la Virgen y del Niño se aprecia un comienzo de sonrisa iniciada, comparable con los rostros de las mejores imágenes budistas del siglo VII en Japón: es una simple coincidencia, pero este gesto las acerca más al espectador, y es propio de la sonrisa iniciada en las imágenes de este tiempo.

miércoles, 8 de septiembre de 2021

La Virgen de las Batallas y el Rey San Fernando

 

La Virgen de las Batallas es una advocación maría que representa a la virgen sentada en el trono con el niño Jesús, en sus brazos en actitud de bendecir. Se alude con ello a María como sede de la Sabiduría. Está realizada en marfil y se expone en el interior de la Catedral de Sevilla.

En este período histórico español, que se conoce por la historografía tradicional como la Reconquista, se hizo una imagen devocional. Hubo un rey francés que mandó realizar en el SXIII una imagen mariana. Este rey de Francia no es otro que Luis IX de Francia, conocido como San Luís. Y es que Luis IX acabaría siendo canonizado, al igual que su primo Fernando III de Castilla y León, a quien iba destinado dicho regalo.

Aunque es curioso que a Luis lo canonizaran a los pocos años de morir, mientras que a Fernando III de Castilla y León no lo canonizarían gasta varios siglos después.

Así, la Virgen de la Batallas de la Catedral de Sevilla perteneció a San Fernando. Cuenta la leyenda que esta virgen de marfil le protegía en las batallas que libró contra los musulmanes. Incluso que, gracias a la intercesión de ella, el monarca logró vencer en numerosos lances y enfrentamientos, saliendo siempre indemne.

Conquistó diversas ciudades, pero sin duda su conquista más famosa y relevante fue la que consiguió en el año 1248. En este año, San Fernando conseguiría recuperar para los cristianos la ciudad de Sevilla. Y es precisamente en esta ciudad donde descansan sus restos mortales.

La imagen de la Virgen de las Batallas pasaría luego a manos su hijo Alfonso X El Sabio y éste la donaría a la Catedral Hispalense. Desde entonces ha permanecido en dicho templo, y actualmente se expone en la Sacristía Mayor.